¿Que la teología es una ciencia?

Resulta casi cómico —si no fuera intelectualmente desafortunado— que en pleno siglo XXI se pretenda otorgar a la teología la categoría de ciencia. La Real Academia Española, con cierta ingenuidad, la define como la «ciencia que trata de Dios fundada en los textos sagrados, la tradición y los dogmas»[1]. Pero basta leer dos veces esa frase para advertir la contradicción: una «ciencia» cuyo punto de partida son dogmas —es decir, afirmaciones gratuitas incuestionables— no puede ser ciencia. Porque la ciencia, en sentido estricto, es un «Conjunto de conocimientos obtenidos mediante la observación y el razonamiento, sistemáticamente estructurados y de los que se deducen principios y leyes generales con capacidad predictiva y comprobables experimentalmente»[2]. La teología, por el contrario, parte de la fe en un ente nunca observado, incapaz de ser detectado, medido o cuantificado, y edifica sus conclusiones sobre textos antiguos y tradiciones internas. Su objeto de estudio —un «Dios» jamás demostrado— no es un fenómeno observable o detectable, sino una suposición metafísica. Y analizar con metodología científica algo que no se puede detectar, es como desarrollar una física o una química que estudia la piedra filosofal, o una biología especializada en duendes o unicornios, o como alguien dijo, una veterinaria dedicada a dragones: una empresa sin contenido.

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Teología proviene de las palabras griegas «theos», que significa «Dios», y «logos», que significa «estudio» o «razonamiento»; por tanto, teología es el estudio o razonamiento sobre «Dios». O sea, «el estudio de las cosas o hechos relacionados con Dios», es decir, «la disciplina que estudia el conjunto de conocimientos acerca de Dios, sus atributos y sus perfecciones.»[3]

Pero, ¿no es esto una afirmación a priori de que existe un ser identificado como «Dios», que de antemano se dice que es perfecto, que tiene atributos evidentes, que hay hechos con los cuales se relaciona, y que es un ser sobre el cual es posible obtener conocimientos? ¿No son todas estas afirmaciones gratuitas?… ¿Qué es eso de «Dios»? ¿Es algo suficientemente definido para que sea objeto de estudio de una disciplina llamada teología? ¿Es acaso algo observable?, ¿algo de lo cual puedan deducirse principios y leyes generales con capacidad predictiva y comprobables experimentalmente? ¿Algo siquiera, cuya existencia esté comprobada?

La RAE define «Dios» como el «Ser supremo que en las religiones monoteístas es considerado hacedor del universo»[4], por ejemplo, Yahvé-Jehová en las religiones abrahámicas; pero omite que en el caso del hinduismo, que es una religión politeísta, también existe un ser supremo creador del universo, que se llama Brahma. Además la RAE define «Dios» como una «Deidad a que dan o han dado culto las diversas religiones politeístas»[4]. Nunca se refiere a un «supuesto ser supremo» o a una «supuesta deidad», por lo que deja a libre interpretación que pueda tratarse de uno o más seres reales.

Por otra parte la RAE define «teología», sin duda alguna, como la «Ciencia que trata de Dios, fundada en los textos sagrados, la tradición y los dogmas.»[1] Y siempre refiere a «Dios» así, con mayúscula, como tratándose del nombre propio de alguno de los dioses en particular, y menciona «los textos sagrados, la tradición y los dogmas», como tratándose de algunos en particular, pero sin especificar los de cuál religión, ya que varias los tienen.

Sin embargo, al final, ¿es esto correcto? ¿Una ciencia basada en textos sagrados, tradición y dogmas? —Pues, para empezar, no existe ninguna prueba sobre la existencia de ningún dios o diosa, por lo que no podemos comprender cómo se puede aplicar el método científico al estudio de un ser inexistente, o de un ser cuya existencia está pendiente de comprobación por quienes formulan esa hipótesis. El objeto de estudio de esta «ciencia», es, pues, un objetivo pendiente, deseado por quien se propone emprender tal estudio. ¿Cómo puede entramarse una ciencia respecto a esto? Pero además, sería una ciencia que estudia a un solo ser (de existencia no verificada). Y obviamente, a esta disciplina especulativa no le interesa llegar a encontrar y admitir que dicho ser no existe, porque tal «ciencia» perdería (todavía más) su sentido.

A lo anterior hay que agregar que todo concepto de «Dios», y cualquier dogma respecto a ese concepto, se refieren a temas sobrenaturales o inmateriales, siendo lo sobrenatural o inmaterial inaceptables para el conocimiento científico, porque su existencia no está justificada con hechos, ni principios, leyes o razonamientos sólidos. Y si se considera por igual a todas esas deidades sobrenaturales de todas las religiones, ¿puede hablarse de una «ciencia teológica» por cada una de esas más de 4000 deidades, o de una teología que las estudie a todas en su conjunto como si se tratara de una especie de seres vivos, pero sobrenaturales?

De hecho, la fragilidad epistemológica de la teología se agrava cuando advertimos que ni siquiera existe una teología, sino varias. Hay, en efecto, teologías cristianas, musulmanas, judías, hindúes, budistas e incontables variantes. También hay teología egipcia, nórdica, celta… Es como si existiera una biología del Medio Oriente, otra egipcia, otra nórdica, otra australiana, etc. ¿No es esto absurdo? Si la teología fuera una ciencia, ¿cuál de todas sería «la verdadera»? ¿La que afirma la Trinidad cristiana, la unicidad islámica o el ciclo infinito del hinduismo? Esta multiplicidad evidencia más bien que no estamos ante un cuerpo de conocimiento unificado y autocorrectivo, sino ante sistemas de creencias particulares que se autodenominan «el estudio de Dios», sin ponerse siquiera de acuerdo en qué es eso de «Dios».

Lo cierto es que la teología encaja más bien en el concepto de pseudociencia, que «es aquella afirmación, creencia o práctica […] que es presentada como científica y fáctica, pero es incompatible con el método científico»[5]. Es decir, que aunque es presentada incorrectamente como científica, no sigue un método científico válido, ni puede ser comprobada de forma fiable. Además, la pseudociencia «A menudo se caracteriza por el uso de afirmaciones vagas, contradictorias, exageradas o infalsables…»[5] Por tanto, vista así, la teología tiene la misma categoría que otras pseudociencias, como la parapsicología, la astrología, la grafología, la numerología, la cartomancia o la homeopatía.

Sin embargo, pese a todo esto, abundan «universidades» confesionales que otorgan licenciaturas, maestrías y hasta doctorados en «teología», y a cuyos egresados les encanta presentarse públicamente como «Doctores», con presunta autoridad académica. Se trata de una escenificación que recuerda a otras pseudociencias: títulos rimbombantes que buscan respetabilidad para ideas inmunes a la refutación. Pero el hecho de que un Estado reconozca oficialmente esos diplomas no los vuelve científicos (ni siquiera auténticamente académicos); sólo evidencia que la inercia cultural y la influencia religiosa pesan más que el rigor intelectual.

En suma, la teología es una construcción especulativa que estudia a un sujeto inexistente, y que defiende supuestas verdades incuestionables (afirmaciones gratuitas). Pretender que eso sea ciencia, es un abuso del lenguaje, y una concesión al prestigio que la palabra «ciencia» otorga. Llamar «Doctor en Teología» a alguien puede aparentar se socialmente aceptable, pero desde la filosofía y la epistemología, equivale a conceder un doctorado en elucubraciones: un título solemne para quien ha perfeccionado el arte de argumentar en torno a lo indemostrable (y además inexistente). Si al final «Dios» es un concepto vacío y equivale a «Nada», por ser sólo una idea sin fundamento en la realidad, un Doctorado en Teología sería equivalente a un Doctorado en Nadología.

[Godless Freeman]

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